Tras 88 años, cierra un fábrica emblemática, y la Argentina pasa a depender de proveedores externos para un insumo clave: los aisladores de porcelana, esenciales para el funcionamiento seguro del sistema eléctrico.

Tras casi nueve décadas de actividad, y en una decisión que afirmaron es irreversible, cierra la Fábrica Argentina de Porcelanas Armanino (FAPA), con sede en Monte Grande, que ya avanzó con la liquidación completa de sus instalaciones y el remate de su equipamiento.
La decisión marca el cierre definitivo de una compañía emblemática del entramado industrial local:
«FAPA cubría la totalidad de la producción argentina de aisladores de porcelana y abastecía alrededor del 70% del consumo«, según cifras de la Cámara de la Industria Electrónica (CADIEEL).
La planta operaba desde 1938 en Mariano Acosta 500 y había sido creada por Leopoldo y Aquiles Armanino. En sus comienzos, el emprendimiento estaba orientado al equipamiento hotelero, pero el freno a las importaciones durante la Segunda Guerra Mundial impulsó un cambio hacia la fabricación de insumos eléctricos.
Con el paso del tiempo, la empresa se posicionó como proveedor estratégico del sistema energético, destacando su condición de fabricante local y la capacidad de ofrecer soporte técnico y servicio posventa en el país.

Luis Caputo salió a evitar el colapso
El cierre definitivo de FAPA, o «sin vuelta atrás», como dicen los ahora ex trabajadores, deja al sector eléctrico en una situación crítica: ante la desaparición de la producción local, la red quedará completamente dependiente de aisladores fabricados en China, Brasil y Colombia.
La norma advierte explícitamente sobre las consecuencias de mantener las restricciones: «La permanencia de la medida no solo carecería de objeto ante la inexistencia de producción nacional, sino que podría transformarse en un obstáculo para la estabilidad del servicio público eléctrico», afectando de manera injustificada una infraestructura crítica.
Así, la resolución de Caputo busca evitar un colapso en el suministro eléctrico, aunque a costa de sellar definitivamente la suerte de una industria que durante casi nueve décadas aportó soberanía tecnológica al sector.