La entrega como política de Estado

En los últimos años, ciertos discursos políticos han intentado instalar la idea de que hablar de patria, soberanía o proyecto nacional es una forma de atraso ideológico. Bajo la promesa de eficiencia y modernización, se promueve un modelo que concibe al Estado como un estorbo y al mercado como única brújula posible. Pero esta supuesta neutralidad técnica encierra una definición política profunda: renunciar a la capacidad colectiva de decidir nuestro destino.

La derecha contemporánea en América Latina no suele presentarse con uniformes ni discursos autoritarios. Se presenta como “gestión”, como “sentido común”, como adaptación inevitable a un mundo globalizado. Sin embargo, detrás de esa retórica se repite un patrón histórico: apertura indiscriminada, desregulación, endeudamiento externo y dependencia estructural. No es modernidad: es una nueva forma de extranjerización.

Argentina conoce bien este camino. Cada vez que se intentó subordinar el desarrollo nacional a las reglas del libre mercado global, el resultado fue el mismo: pérdida de soberanía económica, debilitamiento del aparato productivo y fractura del tejido social. El orgullo nacional no se destruye solo con pobreza material; también se erosiona cuando se instala la idea de que no somos capaces, de que necesitamos que otros decidan por nosotros.

Este proceso no ocurre de manera aislada. Forma parte de una matriz regional. Países con historias, culturas y realidades distintas comparten una constante: cuando se abandona la defensa del interés nacional, se consolidan economías extractivas orientadas al exterior, mientras las mayorías quedan relegadas. La patria se convierte en un territorio de negocios, no en una comunidad de derechos.

Aquí aparece nuevamente Venezuela, pero desde otro ángulo. Mientras ciertos sectores utilizan su crisis como justificación para desacreditar cualquier discurso soberanista, otros la usan como advertencia extrema. El problema no es la defensa de la soberanía en sí, sino la ausencia de equilibrios democráticos que permitan sostenerla sin caer en el aislamiento ni en la concentración del poder. El falso dilema entre mercado absoluto o Estado absoluto solo beneficia a quienes lucran con la polarización.

La democracia, en este contexto, deja de ser una consigna abstracta y se vuelve una condición indispensable. Sin democracia no hay soberanía real, porque no hay pueblo decidiendo; y sin soberanía, la democracia se reduce a un ritual vacío, condicionado por poderes económicos que no se someten al voto popular.

Hablar de orgullo nacional, entonces, implica recuperar la autoestima colectiva. Reconocer que Argentina -como parte de América Latina- tiene historia, capacidades y recursos para pensar un modelo propio. No se trata de negar el mundo, sino de relacionarse con él desde una posición de dignidad y autonomía. Defender la patria no es cerrarse: es no entregarse.

(La imagen elegida para esta entrega le pertenece a Pawel Kuczynski, un ilustrador satírico polaco conocido por sus dibujos que critican la desigualdad social, el capitalismo y otros temas sociales mediante metáforas visuales y escenas simbólicas como la que se muestra aquí)

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