En un mundo atravesado por tensiones políticas profundas, desde las fronteras migratorias de Estados Unidos hasta las políticas económicas y culturales en Argentina, las voces de artistas, deportistas y referentes del espectáculo dejan de ser simples expresiones personales para convertirse en catalizadoras de debates que importan. Más allá de alimentar grietas, su polémica (argumentada y sentida), expone verdades que la política institucional a menudo rehúye.

Por Roberto García


Política, espectáculo y el público global

La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl 2026 fue mucho más que un espectáculo musical: fue un acto simbólico de identidad, resistencia y debate político. Ante más de 120 millones de espectadores, el artista puertorriqueño desplegó no solo su música, sino un mensaje cultural potente. “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, en un contexto marcado por las tensiones migratorias y el recrudecimiento de las políticas de inmigración en Estados Unidos.

La misma semana, en la entrega de los Grammy Awards, Bad Bunny abrió su discurso de aceptación con un reclamo explícito: “ICE out”, un rechazo directo al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y a las políticas de detención y deportación que representan uno de los puntos más duros del debate estadounidense.

Este tipo de declaraciones (que no se limitan al discurso artístico sino que se posicionan frente a temas de justicia social y derechos humanos), muestran cómo la música y la cultura popular pueden interpelar estructuras de poder que muchas veces parecen impermeables a las voces ciudadanas.

La polémica como disparadora y no como grieta

Es habitual reducir estos posicionamientos a “polémica innecesaria” o “exceso de ideologización”. Pero ese razonamiento falla en un punto clave: la polémica no es ruido sin sentido, sino una herramienta discursiva que obliga a repensar supuestos, datos y prioridades sociales.

En Argentina también hemos visto cómo figuras de primer nivel cultural hacen política -no desde un púlpito académico o legislativo, sino desde el escenario, la calle y la expresión popular-. La presencia de carteles en la Fiesta Nacional del Mate en Paraná, expresando la bronca del sector yerbatero frente a las políticas de desregulación impulsadas por el gobierno de Javier Milei, no fue un hecho aislado ni marginal. «Milei la co…de tu madre«, leyó la presentadora oficial y al día siguiente se disculpó por haberlo hecho.

Del mismo modo, lo ocurrido en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín, donde artistas y presentadores utilizaron el micrófono para denunciar el ajuste, defender la cultura y señalar el impacto social de las decisiones económicas, confirmó que incluso los espacios tradicionalmente asociados al “entretenimiento familiar” se transforman en cajas de resonancia del malestar social. Que estos mensajes emerjan en festivales populares -lejos de los sets televisivos o las tribunas partidarias- evidencia que cuando la política afecta de lleno a las economías regionales, al trabajo cultural y a la vida cotidiana, la cultura responde y toma la palabra.

Del “simple entretenimiento” al compromiso como exigencia
La cultura masiva siempre fue un espejo de su tiempo. Desde Nina Simone denunciando racismo y violencia en sus canciones en plena era de derechos civiles en Estados Unidos (una tradición de arte que no rehúye la política), hasta los actuales statements de Billie Eilish, Olivia Dean y otras figuras que usaron los Grammys para hablar de migración y justicia social, lo que hoy vemos no es una anomalía sino una continuidad histórica.

Estos posicionamientos son constructivos porque abren espacios públicos de reflexión, obligan a los medios y a las audiencias a confrontar realidades que, de otro modo, quedarían relegadas a burbujas ideológicas. No se trata de reducir la política a slogans vacíos, sino de ampliar el espectro de quienes pueden participar en conversaciones que moldean nuestras sociedades.

“La cultura no es un gasto, es trabajo, es identidad y es memoria. Cuando se ajusta sobre la cultura, se ajusta sobre el pueblo”, expresó desde el escenario de Cosquín uno de los artistas folklóricos, en una de las intervenciones que rompieron el clima de neutralidad y pusieron en palabras lo que muchos sienten pero pocos dicen.

Este escenario siempre fue un lugar para cantar lo que nos pasa como pueblo”, dijo uno de los conductores del festival, legitimando que Cosquín no es ajeno a la coyuntura, sino parte viva de ella.

Sin miedo a transitar la polémica

La polémica no tiene por qué ser un síntoma de división insalvable. Cuando se argumenta con datos, experiencias y sensibilidad social (como lo hacen muchos artistas que hoy posicionan sus voces con impactos medibles más allá de sus obras), la discusión se enriquece.

Artistas y figuras públicas no sustituyen a actores políticos institucionales. Pero sí pueden poner en la agenda cuestiones que la política tradicional demora en discutir: derechos migratorios, discriminación estructural, políticas económicas que afectan comunidades específicas, la defensa de la cultura nacional y regional. En tiempos donde los discursos oficiales a menudo esquivan estos temas, la voz de la cultura emerge como un pulso social insoslayable.

Elegir no callar

Escuchar a quienes “cantan lo que duele” no es un exceso de ideología, sino una exigencia democrática. No se trata de aplaudir sin crítica, sino de reconocer que la polémica, bien argumentada y sostenida desde la empatía, expande nuestra capacidad de comprender y actuar sobre el mundo. En ese tránsito está la política (no como espectáculo, sino como construcción colectiva), y allí reside la importancia de artistas que eligen no callar.

(Imagen elegida para esta entrega: Horacio Guarany, autor de la obra musical «Si se calla el Cantor» y la «Negra» Mercedes Sosa, reconocida cantante comprometida con la realidad en distintos momentos del país. Ambos sufrieron el exilio por ésto. Sin embargo, nunca dejaron de expresar lo que quisieron y sintieron)

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