No se trata de que el trabajo desaparezca, sino de que está siendo desplazado hacia formas invisibles y tecnológicas. Durante siglos la máquina reemplazó músculo y la electricidad transformó talleres enteros. Más tarde Internet eliminó intermediarios. Ahora la inteligencia artificial no viene por el esfuerzo físico, viene por el criterio. Si las revoluciones anteriores modificaron el hacer, esta está modificando el pensar. Y eso no es un detalle menor, redefine qué significa producir valor y quién se queda con él.

Por Redacción Pcv

El telar invisible

Después de la Revolución Industrial muchos creyeron que destruyendo los telares se salvaba el trabajo. Aquella reacción terminó siendo inútil porque el cambio era estructural. Hoy el telar es invisible y se llama inteligencia artificial.

Sin embargo, esta vez el impacto no empieza por el obrero industrial. Comienza por el abogado, por el contador, por el docente, por el programador promedio. La diferencia es sustancial. Antes la máquina hacía fuerza; ahora la máquina procesa información, interpreta datos y toma decisiones operativas. Antes el valor estaba en el hacer; ahora buena parte de ese hacer es automatizable. Por eso el eje del valor empieza a desplazarse hacia quien posee infraestructura tecnológica, capital digital y conocimiento especializado.

No se trata de una intuición alarmista. El McKinsey Global Institute proyecta que entre 400 y 800 millones de personas en el mundo podrían tener que cambiar de ocupación antes de 2030 como consecuencia de la automatización y la adopción de inteligencia artificial. No hablamos de tareas marginales, sino de funciones centrales en empresas, estudios jurídicos, áreas contables y departamentos administrativos.

En la misma línea, desde el propio sector tecnológico se advierte que en los próximos años muchos trabajos de “cuello blanco” serán parcialmente automatizados por agentes de IA capaces de ejecutar tareas complejas de gestión, redacción y análisis. Lo que parecía reservado al juicio humano empieza a estar asistido -y en algunos casos reemplazado- por sistemas entrenados con volúmenes masivos de datos.

Un cambio estructural que amplía brechas

Organismos internacionales como la Organización Internacional del Trabajo y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos coinciden en que la inteligencia artificial puede elevar la productividad y generar nuevas ocupaciones, pero también advierten sobre un riesgo evidente: la ampliación de la brecha entre quienes poseen habilidades digitales avanzadas y quienes quedan atrapados en tareas fácilmente automatizables.

Es decir, la discusión no es si habrá o no empleo, sino qué tipo de empleo, con qué nivel de estabilidad y bajo qué condiciones de protección social. A medida que las tareas rutinarias se reducen, aumenta la demanda de capacidades altamente especializadas, mientras que amplios sectores enfrentan procesos de reconversión forzada.

En consecuencia, el mercado laboral tiende a polarizarse. Por un lado, crecen los perfiles vinculados al desarrollo tecnológico, la ingeniería de datos y la gestión de sistemas complejos. Por otro, se precarizan actividades tradicionales que pierden peso relativo en la estructura productiva.

El problema no es tecnológico, es político

En este contexto global, la Argentina discute una reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei que parece mirar hacia atrás cuando el mundo avanza hacia adelante.

El proyecto oficial se concentra en flexibilizar, reducir costos y simplificar relaciones laborales pensadas para un esquema clásico de empleo formal. Sin embargo, omite casi por completo el debate central que atraviesa al mundo desarrollado, que tiene que ver con cómo acompañar la transición tecnológica, cómo garantizar reconversión permanente y cómo sostener ingresos frente a desplazamientos masivos de tareas.

Mientras otras economías discuten políticas de capacitación continua, redes de seguridad social adaptadas a la digitalización y estrategias públicas para integrar la IA como complemento del trabajo humano, la reforma argentina se limita a ajustar el contrato laboral tradicional. El resultado es una norma que nace vieja porque regula un mercado que ya está mutando aceleradamente.

Debilitar la protección laboral en un escenario de transformación tecnológica profunda no fortalece al trabajador; lo expone. Y hacerlo sin una estrategia nacional de reconversión digital amplía la desigualdad en lugar de reducirla.

El trabajo no muere, se transforma

No estamos ante la desaparición del trabajo, sino ante su transformación estructural. La historia demuestra que quien comprendió los cambios logró adaptarse, mientras que quien intentó congelar el pasado terminó atrapado en él.

Sin embargo, adaptarse no puede ser una responsabilidad exclusivamente individual. No alcanza con decir que cada trabajador debe “reinventarse” si el Estado no construye condiciones para que esa reinvención sea posible.

Estamos ingresando en una década en la que el trabajo tradicional pierde peso relativo y el capital tecnológico concentra poder. La pregunta entonces no es si la inteligencia artificial avanza, porque eso ya ocurre. La verdadera pregunta es quién diseña las reglas de esa transición y a favor de quién se distribuyen sus beneficios.

Si la política no incorpora esta discusión, la crisis laboral no será producto de la tecnología, sino de la miopía dirigencial. Y en ese punto, la reforma laboral del oficialismo no sólo llega tarde, sino que además elige discutir el pasado mientras el futuro ya está en marcha.

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