Los últimos informes del sector muestran una profundización de la contracción productiva, con cifras inéditas de capacidad ociosa y una industria que opera en niveles parecidos a los del peor momento de la pandemia. Las advertencias de los propios industriales retratan un panorama de desindustrialización acelerada y riesgo de mayores pérdidas de empleo.

Por Redacción Pcv
Un enero que grita crisis
Según el último informe de la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina (ADIMRA), la actividad metalúrgica cayó 6,2% interanual en enero de 2026, mientras que la utilización de la capacidad instalada se desplomó a sólo el 40,6%, el nivel más bajo registrado en los últimos cuatro años. Esto ubica a la producción del sector cerca de los niveles críticos observados durante el peor momento de la pandemia de 2020.
El informe también subraya que no hubo ningún subsector que se salvara de la caída, con retrocesos particularmente duros en fundición, autopartes y carrocerías, señalando que la contracción es generalizada y persistente en toda la estructura productiva.
Capacidad ociosa y producción sin horizonte
El presidente de ADIMRA, Elio Del Re, alertó con dureza: “La actividad metalúrgica inicia el año en niveles históricamente bajos, con capacidad ociosa elevada, caída en todos los sectores y sin señales claras de reactivación”.
El propio informe también remarca que las importaciones se mantienen en niveles muy elevados, lo que golpea directamente a la producción nacional y al empleo que esta genera, configurando “un panorama nocivo y preocupante para el aparato productivo argentino”.
Este diagnóstico no es puntual del sector metalúrgico: la Unión Industrial Argentina (UIA) viene advirtiendo desde 2025 que la industria en general atraviesa un ciclo contractivo prolongado, con niveles de producción por debajo de los umbrales de expansión y una demanda interna debilitada.
El empleo industrial se resiente
Los propios datos de ADIMRA muestran que el empleo dentro de las empresas metalúrgicas también retrocede: en enero se observó una caída interanual de alrededor de 2,7%, reflejo de la menor actividad y del ajuste productivo.
Esto confirma una tendencia estructural: cuando la industria se contrae, no solo se achica la producción, sino que se deteriora el tejido laboral en sectores que generan empleo bien remunerado y de calidad, profundizando problemas sociales de largo alcance.
Políticas que profundizan la crisis
Mientras el sector productivo lanza señales de alarma, el contexto macroeconómico no parece ofrecer respuestas concretas. La combinación de baja demanda interna, apertura importadora sin contrapesos y falta de estímulos claros para la producción ha empujado a sectores como el metalúrgico a operar con niveles de uso de capacidad ociosa comparables a los peores años de la pandemia.
Este fenómeno no sólo retrata una crisis coyuntural, sino que pone sobre la mesa un debate profundo sobre el modelo económico: ¿Puede sostenerse una producción nacional competitiva sin un régimen industrial activo?
¿Qué implicancias tiene para el empleo formal y la estructura productiva del país operar con más de la mitad de las plantas paralizadas o subutilizadas?
Hacia un estancamiento prolongado
Los datos también muestran que la caída de enero no es un hecho aislado: los sectores metalúrgico e industrial venían acumulando retrocesos en 2025 y finales de 2024, con caídas tanto en producción como en empleo y capacidad instalada.
Mientras tanto, economistas y dirigentes industriales coinciden en que, sin políticas públicas que reorienten el rumbo productivo —desde incentivos, protección sensata de la producción local y estímulo a la demanda interna—, la industria seguirá operando en un sendero de estancamiento y retracción.
Cierre crítico: la paradoja del ajuste
La caída de la actividad industrial no es un dato tecnocrático: es una fotografía de una economía donde la producción nacional retrocede en términos absolutos, mientras la apertura indiscriminada de importaciones y la falta de estímulo a la industria local ahondan la crisis de empleo y productividad.
Convertir estos datos en una política industrial coherente es un desafío urgente. Porque una industria que no produce, es un país que no crece —y una sociedad que se empobrece. La pregunta, entonces, sigue siendo: ¿seguiremos naturalizando la caída, o vamos a reconstruir un proyecto productivo que regeneré empleo y desarrollo?
(con material de LPO, El Destape, La Jornada, Infobae)