El orgullo nacional no se declama, se construye. Defender la patria hoy implica fortalecer la democracia, recuperar la soberanía y asumir nuestra identidad latinoamericana sin complejos ni tutelajes externos.

En esta tercera entrega hablaremos del orgullo como proyecto colectivo. Ese que no nace de la negación de los problemas ni de relatos épicos vacíos. Nace de la conciencia de pertenecer a una comunidad histórica capaz de discutir, decidir y proyectarse. La patria no es pasado congelado; es presente en disputa y futuro en construcción. Por eso, hablar de soberanía y democracia no es una nostalgia ideológica, sino una necesidad política concreta.

En Argentina, como en gran parte de América Latina, el desafío central consiste en romper con una lógica profundamente instalada, me refiero a la idea de que el destino del país debe definirse fuera de sus fronteras. Cada vez que se impuso ese paradigma -ya sea desde organismos financieros, mercados globales o élites locales alineadas con intereses externos-, la consecuencia fue la misma: más dependencia, menos derechos y una democracia vaciada de contenido real.

El caso venezolano, tantas veces utilizado como advertencia o como estigmatización, debe servirnos para una reflexión más honesta. No alcanza con invocar la soberanía si se debilitan las instituciones democráticas, pero tampoco se puede defender la democracia aceptando la tutela permanente de poderes externos. La clave está en el equilibrio entre soberanía con participación popular, democracia con justicia social, Estado con control ciudadano.

Los modelos políticos de derecha que se presentan como “desideologizados” esconden la subordinación al libre mercado como ordenador absoluto de la vida social. En ese esquema, la patria se diluye, el Estado se reduce a su mínima expresión y la democracia se convierte en una formalidad condicionada por el poder económico. No es casual que estos proyectos desprecien la historia latinoamericana: una sociedad sin memoria es más fácil de entregar.

Recuperar el orgullo nacional implica, entonces, un ejercicio de autoestima colectiva. Reconocer nuestras contradicciones, pero también nuestras capacidades. Entender que la identidad latinoamericana no es una carga, sino una fortaleza. Es una historia compartida de resistencia, organización y lucha por la dignidad. La Patria Grande no es una consigna romántica, sino una posibilidad concreta frente a un mundo cada vez más desigual.

Defender la patria hoy es defender la universidad pública, el trabajo, la producción nacional, los derechos sociales y las instituciones democráticas. Es rechazar tanto el autoritarismo que clausura voces como el neoliberalismo que convierte al país en una mercancía. La verdadera soberanía no se impone desde arriba ni se negocia afuera. La verdadera democracia se construye desde abajo, con un pueblo consciente de quién es y de lo que vale, como proyecto clectivo. Porque, en definitiva, no hay orgullo nacional sin democracia, ni democracia sin soberanía. Y no hay patria posible si renunciamos a la dignidad de decidir nuestro propio camino.

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