La llegada de un barco con 7 mil vehículos eléctricos importados desde China fue celebrada por el Gobierno como una señal de apertura, modernización y “normalidad económica”. Pero detrás de la postal de progreso que se intenta instalar, crecen las advertencias sobre un modelo que profundiza la destrucción de la industria nacional y del trabajo argentino.

Por Redacción Pcv
Una postal que el Gobierno exhibe como éxito
Desde la Casa Rosada y los voceros del mercado no tardaron en mostrar el desembarco como una conquista. Más oferta, más competencia, más “libertad”. La narrativa oficial es conocida: abrir las importaciones sería el camino inevitable hacia la eficiencia y la baja de precios.
Sin embargo, lo que no se dice es que este tipo de decisiones no ocurren en el vacío. Se dan en un contexto de contracción sostenida de la actividad industrial, con la producción manufacturera que se desplomó un 8,7% interanual en noviembre de 2025, afectando quince de los dieciséis rubros medidos, desde vehículos y autopartes hasta textiles y metalurgia.
Además, el uso de la capacidad instalada en la industria se encuentra en niveles extremadamente bajos —alrededor del 57-61%, el más bajo en años— lo que refleja la subutilización de plantas y maquinaria.
Cuando la apertura se convierte en industricidio
«Esto no es transición energética, es sustitución del trabajo argentino”, advierten desde el sector metalúrgico. La frase resume el malestar creciente en fábricas, parques industriales y pymes que ven cómo el Estado se retira de cualquier estrategia de desarrollo.
No se trata de sensaciones: los datos oficiales y privados muestran un retroceso productivo persistente. Según informes del sector, entre 2023 y 2025 más de 19.000 empresas industriales cerraron sus puertas, y la pérdida de empleo registrado superó los 264.000 puestos en ese mismo periodo.
Los despidos y la reducción de personal no son anécdotas aisladas: son parte de un fenómeno generalizado. Organizaciones sindicales y gremiales señalaron que, entre noviembre de 2023 y agosto de 2025, se perdieron más de 42.000 empleos asalariados solo en la industria manufacturera y cerraron casi 2.000 fábricas.

El relato de la modernidad y la realidad del abandono
Nadie discute la necesidad de avanzar hacia la movilidad eléctrica ni de incorporar nuevas tecnologías. La discusión es otra: ¿por qué ese camino se hace importando todo y produciendo nada? ¿Por qué no existe un plan para integrar a la industria nacional, a las universidades, a los trabajadores y a la ciencia local?
Argentina posee litio, conocimiento técnico y capacidad industrial para ser parte activa de esa transición. Pero el modelo actual elige el rol más cómodo y más dañino como lo es la posición de simple comprador. Un país que se limita a consumir lo que otros producen es un país que resigna soberanía, empleo y futuro.
El festejo del mercado y el costo social que no se contabiliza
Los mismos sectores que celebran la llegada del barco son los que minimizan el impacto social de estas decisiones. Cada contenedor que entra sin regulación es una fábrica que se apaga, un turno que se pierde, una familia que queda en la incertidumbre.
«Se habla de precios, pero no se habla de salarios, ni de empleo, ni de desarrollo”, remarcan desde el movimiento obrero. El mercado festeja en el corto plazo; la sociedad paga las consecuencias en el mediano.
Dos modelos de país, una discusión que el Gobierno evita
La llegada de los 7 mil vehículos eléctricos expone, una vez más, la disputa de fondo. De un lado, un proyecto que entiende al Estado como estorbo y al mercado como única verdad, aunque eso implique destruir la industria nacional. Del otro, una mirada que sostiene que no hay desarrollo posible sin producción, sin trabajo y sin planificación.
El problema no es el barco. El problema es el rumbo. Y mientras el Gobierno celebra cada importación como un triunfo ideológico, el país productivo vuelve a encender todas las alarmas.
Porque cuando se apagan las fábricas, no hay modernidad que alcance.