La derrota de Donald Trump en Texas es histórica y ha encendido todas las alarmas en la ultraderecha.

Un candidato demócrata ganó un escaño en el Senado de Texas, un estado en el que Trump había arrasado en las elecciones de 2024: perdió por más de 15 puntos, cuando antes había ganado por más de 17. Los candidatos del Partido Demócrata no triunfaban allí desde hace 36 años.
Recordemos que el Partido Republicano viene de perder las elecciones a gobernador en Virginia y Nueva Jersey, y también las alcaldías de Miami y Nueva York. Los demócratas, además, ganaron elecciones especiales en Kentucky y en Iowa.
Por eso, tal vez llamarlo simplemente “derrota” sea poco: se trata de una crisis de proporciones.
En Texas, el movimiento anti-ICE venía teniendo un impacto creciente. Se realizaron protestas frente al centro de detención de Dilley, exigiendo derechos para niños migrantes detenidos. Porque, aunque Liam Conejo Ramos fue liberado tras la repercusión que tuvo su caso, permanecen detenidas otras personas, incluidos niños y niñas. El proceso de resistencia y radicalización que se expresó en Minneapolis podría extenderse al resto del país, que ya comenzó a movilizarse.
Pero es más que el rechazo a la patota de ICE lo que golpea a Trump y a los republicanos. Sus políticas económicas han resultado inflacionarias; se siente el impacto del escandaloso caso Epstein así como de toda su política exterior, que va desde el plan de exterminio del pueblo palestino hasta el bombardeo a Venezuela, las amenazas a Cuba y a Groenlandia, y todo tipo de bravuconadas que ahora incluyen a Irán.
Esta nueva situación de la lucha de clases en Estados Unidos es una buena noticia no solo para los trabajadores y los sectores populares dentro del país, sino también para todos aquellos que somos agraviados y atacados por Trump, cabeza de un imperialismo cada vez más declinante que busca mostrar poderío a fuerza de prepotencia.
Y por casa…
Tener un amigo grandote que amenaza con golpear a todos si no votan en Argentina como el quiere puede ayudar, pero cuando entra en desgracia, el ruido es mucho mayor. ¿No, Milei?
Aunque no nos adelantemos. Por ahora, vemos cómo las políticas de represión permanente, de arbitrariedades y brutalidades sistemáticas —como las que impuso Bullrich con su protocolo antiprotestas y su protocolo “antibloqueos”— con el tiempo generan reacción. Y mucha. Los patoteros, tarde o temprano, las pagan.