El tiempo pasa… y muchos hombres de negocio que forjaron (para bien y mal) gran parte del entramado empresario argentino llegan al tramo final de su vida. El recambio que viene y la mirada de Ortega y Gasset sobre las generaciones.

Por Íñigo Biain

Fino Pizarro (el mítico fotoperiodista cordobés) recuerda claramente el día que Goyo Pérez Companc le hizo una seña discreta -pero contundente- para que no le sacara fotos. Había venido a acompañar a su esposa Munchi (María del Carmen Sundblad Beccar Varela) a la inauguración de un local de la heladería (Munchi’s) en Núñez y Hugo Wast.

El fallecido Goyo (1948-2024) cultivaba un extremo bajo perfil, al igual que buena parte de sus coetáneos que forjaron el entramado de la “burguesía nacional” que se encamina a una renovación generacional. 

Mayor incluso que Gregorio Pérez Companc (89), Eduardo Eurnekian (91) sigue al frente de la Corporación América, un holding de empresas que nunca dejó de crecer en negocios regulados y de donde salió el presidente Milei y varios de sus actuales coequipers de gobierno.

Alfredo Coto (82) también es bastante escurridizo con la prensa, aunque su marca es una gran inversora en medios y alguna vez fue señalado por el propio Néstor Kirchner como un manipulador de los precios (“yo te conozco”, le dijo desde un atril el presidente, usando el eslogan de la cadena de supermercados).

Alejandro Bulgheroni (80) es otro longevo empresario, posiblemente el de mayor fortuna personal según los rankings de Forbes.

Camino a los 80 años están Eduardo Constantini (77), factotum de Nordelta entre tantas otros desarrollos, Aldo Roggio (79) que también bajó notablemente su exposición con los años, Roberto Urquía (75) al que -a pesar de haber sido senador- pocos reconocen y Sebastián Bagó (79), hombre fuerte de los laboratorios nacionales.

En la misma línea de edad está Héctor Magnetto (79), el todopoderoso hombre de los medios y las comunicaciones tantas veces satanizado por el kirchnerismo y que superó incluso un cáncer durante la parte más álgida de su enfrentamiento con Néstor y Cristina.

Un escalón más abajo en la línea de tiempo están Paolo Rocca (71), otro “big fish” de la industria, Luis Pagani (69) de Arcor y Eduardo Elsztain (64) de IRSA, dueño de los principales shopings del país.

Entre los banqueros, Eduardo Escasany (73) del Banco Galicia y presidente del GFG también navegó mil tormentas, mientras que el otro gran banquero nacional, Jorge Brito (Banco Macro) murió en 2020 en un accidente aéreo a los 68 años.

Quizás porque fueron maltratados y señalados por diversos gobiernos en los últimos 40 años, estos grandes (en doble sentido) empresarios tienen poca comunicación con los medios y son prácticamente inexistentes en redes sociales. Conformaron una generación opaca en su relación con la sociedad y dejaron crecer mitos a su alrededor que -por eso mismo- muchos dan por ciertos.

La nueva guardia

Es muy posible que empresas como Arcor, Roggio, AGD, IRSA, Techint o Coto mantengan su bajo perfil en su cambio generacional, parte del legado que dejarán los forjadores de su crecimiento.

Muy por el contrario, los nuevos hombres fuertes de los negocios ejercen de otra manera su influencia, siendo muchos más abiertos a comunicar lo que piensan y hacen.

Marcos Galperin (52) es muy activo en la red y se mostró abiertamente afin al gobierno de Macri, fiscalizando en elecciones para esa fuerza política.

El banquero Pierpaolo Barbieri (37), dueño de Uilo y Ualá, es el mejor publicista de sus productos en redes sociales, un ambiente en el que -por su edad- se mueve como pez en el agua.

También muy joven y mucho más abierto a la prensa y los espacios públicos, Máximo Cavazzani (38) acumula una fortuna que se suele cifrar en los US$ 500 millones (en algunos rankings figura arriba del mismísimo Messi), principalmente por sus productos de entrenamiento online Preguntados.

El gran José Ortega y Gasset describió muy bien lo que significa pertenecer a una misma generación: ser parte de un esquema de ideas, actitudes y carácter distintivo que influye en su visión del mundo y en su manera de actuar. 

En la dialéctica del filósofo español, las generaciones se suceden y cada una reacciona contra las ideas y valores de la generación anterior, creando un ciclo constante de renovación y conflicto.

Una generación de grandes empresarios empieza a apagarse en Argentina, mientras asciende otra con nuevas miradas y formas. 

Cerremos, pues, con palabras de Ortega: “Cada generación tiene su propia misión, y los hombres que pertenecen a una generación determinada son portadores de un destino común. La generación es, pues, una comunidad de destino, y este destino se manifiesta en una misión histórica específica… El conflicto entre generaciones es el motor de la historia. Sin este choque de ideas y valores, la humanidad se estancaría en la repetición interminable de las mismas formas y conceptos. La tensión entre lo viejo y lo nuevo es lo que permite el progreso y la renovación cultural”. (Infonegocios)

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