A 216 años de la aparición de la Gazeta de Buenos Ayres, el oficio de informar vuelve a enfrentar tiempos de hostilidad, descalificación y presiones desde el poder.

Por Roberto García
Cada 7 de junio se celebra en Argentina el Día del Periodista en conmemoración de la aparición de la Gazeta de Buenos Ayres, fundada por Mariano Moreno en 1810, el primer periódico de la etapa independentista. Aquella publicación tenía una premisa que aún conserva plena vigencia, la de acercar información a la ciudadanía para fortalecer la vida democrática y evitar que el poder actúe en las sombras.

Más de dos siglos después, la profesión atraviesa una nueva etapa de tensiones. En un contexto marcado por la polarización política y la creciente agresividad del debate público, el periodismo vuelve a encontrarse bajo fuego. Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, las descalificaciones hacia periodistas y medios se han convertido en una práctica frecuente. Insultos, estigmatizaciones y señalamientos desde las más altas esferas del poder buscan muchas veces desacreditar el trabajo de quienes investigan, preguntan o simplemente informan sobre hechos que incomodan al gobierno.

No se trata de una discusión sobre simpatías ideológicas ni de una defensa corporativa. El periodismo puede equivocarse, debe ser cuestionado y está obligado a revisar permanentemente sus prácticas. Pero una democracia saludable necesita periodistas libres para preguntar y ciudadanos libres para acceder a información diversa. Cuando el poder político convierte a los periodistas en enemigos, el riesgo no es para una profesión: es para la calidad democrática.
El legado de Walsh y Urondo
Hablar del periodismo argentino es, para mí, hablar inevitablemente de Rodolfo Walsh y Francisco «Paco» Urondo. Dos nombres que trascendieron el oficio para convertirse en símbolos del compromiso con la verdad y la justicia.
Walsh dejó una de las mayores enseñanzas del periodismo nacional cuando entendió que investigar era mucho más que acumular datos: era poner la palabra al servicio de quienes no tenían voz. Su trabajo en Operación Masacre marcó un antes y un después en el periodismo de investigación argentino y latinoamericano. De él quedó una frase que sigue interpelando a generaciones de periodistas: “La máquina de escribir puede ser un abanico o una pistola”, una definición que resume el enorme poder y la responsabilidad que encierra la palabra escrita.

El santafesino Oaco Urondo, por su parte, entendía que la información no podía estar separada de la realidad social que la producía. Poeta, periodista y militante, dejó una reflexión que conserva vigencia en tiempos de desinformación y operaciones permanentes: la necesidad de que la palabra no se convierta en una mercancía vacía sino en una herramienta para comprender la realidad y transformarla.
Ambos representan una tradición del periodismo argentino que concibe a la comunicación como un servicio público antes que como un negocio o un instrumento de propaganda.
La responsabilidad social de informar
Ejercer el periodismo implica una enorme responsabilidad. Significa verificar antes de publicar, contextualizar antes de opinar y comprender que detrás de cada noticia hay personas, derechos e intereses en juego.
La velocidad de las redes sociales, las fake news y la lógica de la confrontación permanente han generado un escenario complejo para la profesión. Sin embargo, precisamente en tiempos de incertidumbre, el periodismo encuentra su razón de ser. La sociedad necesita información confiable para tomar decisiones, controlar a quienes gobiernan y participar activamente en la vida pública.

Por eso, el verdadero desafío del periodista no es agradar al poder ni acomodarse a las tendencias del momento. Es sostener la independencia de criterio, incluso cuando eso implique soportar ataques, campañas de desprestigio o intentos de silenciamiento.
Un oficio indispensable
La historia demuestra que los gobiernos pasan, las coyunturas cambian y los discursos se modifican. Lo que permanece es la necesidad de una prensa libre, crítica y comprometida con la verdad.
En este Día del Periodista, la mejor manera de honrar a Mariano Moreno, a Rodolfo Walsh, a Paco Urondo y a tantos trabajadores de prensa que dejaron su huella es reivindicar el valor social de una profesión indispensable para la democracia.

Porque cuando se intenta desacreditar al periodismo, lo que está en juego no es solamente el destino de quienes ejercen el oficio. Lo que se pone en riesgo es el derecho de toda la sociedad a estar informada.
Y sin información libre, no hay ciudadanía plena. Sin ciudadanía plena, la democracia se vuelve apenas una palabra vacía.