Gobernadores amarillos ya toman distancia de Macri y del experimento libertario mientras el escándalo Adorni golpea el corazón del relato anticasta.
Por Redacción Pcv
El gobierno de Javier Milei empieza a atravesar una etapa peligrosa: la del derrumbe de su autoridad moral. Y cuando un proyecto político construyó casi toda su identidad alrededor de la supuesta “superioridad ética” frente a la dirigencia tradicional, las denuncias de corrupción no son apenas un problema judicial o mediático: son dinamita política.
El reciente comunicado impulsado por Mauricio Macri contra la Casa Rosada terminó exponiendo algo mucho más profundo que una simple diferencia táctica. Detrás de las críticas formales comenzaron a aparecer dirigentes del propio PRO que ya no quieren quedar pegados al desgaste acelerado del gobierno libertario.
Gobernadores como Rogelio Frigerio, Ignacio Torres y otros referentes territoriales amarillos empezaron a transmitir su malestar con la estrategia de confrontación abierta diseñada por Macri, pero también dejaron entrever otra preocupación: el temor a quedar atrapados dentro de un experimento político que empieza a hundirse entre contradicciones, ajuste brutal y escándalos de corrupción.
Porque mientras Milei sigue recitando discursos contra “la casta”, las denuncias que rodean al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, impactan directamente sobre el núcleo simbólico del oficialismo. Ya no se trata solamente de cuestionamientos opositores.
El problema es que el gobierno comienza a parecerse demasiado a aquello que prometió destruir
Las sospechas sobre movimientos patrimoniales, gastos incompatibles y utilización de recursos públicos golpean especialmente porque el mileísmo construyó su legitimidad no sobre la eficiencia de gestión, que claramente no aparece, sino sobre un discurso moralista y punitivo contra la política tradicional.
Ese relato empieza a resquebrajarse. Y el PRO lo sabe.
Por eso muchos dirigentes amarillos comenzaron lentamente a despegarse. No por convicción republicana ni por una súbita preocupación institucional, sino porque perciben que el costo político del blindaje permanente puede volverse insoportable.
La escena resulta casi irónica
Mauricio Macri, principal arquitecto de la alianza tácita que llevó a Milei al poder real, ahora intenta marcar diferencias cuando el modelo empieza a mostrar sus zonas más oscuras. Pero incluso dentro de su partido varios entienden que la maniobra llega tarde.
Durante meses el PRO acompañó sin demasiados reparos un ajuste feroz que pulverizó salarios, destruyó el consumo, paralizó la obra pública y multiplicó la angustia social en las provincias. Muchos de los que hoy buscan tomar distancia fueron socios silenciosos de ese proceso.
Ahora aparece el problema más delicado para el oficialismo: cuando el discurso moral cae, queda solamente el ajuste.
Y una sociedad puede tolerar sacrificios económicos cuando cree que existe honestidad, rumbo o ejemplaridad. Pero cuando empiezan a surgir denuncias, privilegios y sospechas alrededor del propio círculo presidencial, el contrato emocional con una parte del electorado comienza a romperse.
El caso Adorni amenaza precisamente eso: destruir la idea de que “eran distintos”.
Por eso el nerviosismo crece dentro del oficialismo y también entre sus aliados. Porque detrás de cada comunicado, de cada gesto ambiguo y de cada dirigente que empieza a despegarse, aparece una verdad incómoda: el mileísmo ya no genera solamente expectativa. Empieza a generar miedo político entre quienes apostaron todo a su supervivencia.
Comunicado del PRO



