La Orquesta Sinfónica provincial se presentará este sábado 26 de septiembre a las 20 en el Centro Cultural Juan L. Ortiz de Paraná. La entrada es libre y gratuita, con acceso por orden de llegada.

La Orquesta Sinfónica provincial se presentará este sábado 26 de septiembre a las 20 en el Centro Cultural Juan L. Ortiz de Paraná (Blvd. Racedo 250). La actividad es organizada por la Secretaría de Cultura de Entre Ríos y la Municipalidad de Paraná, con el auspicio del Centro de Ojos Dr. Lódolo y el Howard Johnson Plaza Resort & Casino Mayorazgo. La entrada es libre y gratuita, con acceso por orden de llegada.

Bajo la dirección artística de Luis Gorelik, la velada contará con la participación de Roberto Rutkauskas como director y solista invitado, y de los solistas Georgina Mussin (cello), Andrea Yurcic (fagot) y Juan Sarmiento Wagner (oboe). En la ocasión se interpretarán la Obertura de la ópera Così fan tutte de W. A. Mozart, la Sinfonía Concertante para violín, oboe, fagot y cello de F. J. Haydn, y la Sinfonía N.º 40 K. 550 de W. A. Mozart.

Sobre el director y solista invitado: Roberto Rutkauskas

Nacido en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia de músicos, Roberto Rutkauskas comenzó a tocar el violín a una edad muy temprana. Ofreció su primer recital a los cinco años y debutó como solista con orquesta a los nueve. Durante esta etapa inicial, tuvo la oportunidad de tocar para el legendario Mstislav Rostropovich, quien fue clave en la obtención de una beca del Mozarteum Argentino. Gracias a ese apoyo, pudo estudiar con su principal mentor, Ljerko Spiller, y más adelante recibió valiosos consejos del renombrado violinista Ivry Gitlis. En 2003, con tan solo 21 años, ganó por concurso de oposición el cargo de Concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina, convirtiéndose en el músico más joven en ocupar ese puesto en la historia de la institución

Durante sus doce años en ese rol, no solo se consolidó como solista —actuando con las principales orquestas sudamericanas—, sino que también fundó el Cuarteto Vivace junto a destacados solistas de Buenos Aires, con el que desarrolló una intensa actividad camerística durante más de una década. Desde 2006, Roberto ha centrado su carrera en la música del Barroco, el Clasicismo y el Romanticismo, y en las prácticas de interpretación históricamente informadas, lo que lo llevó a radicarse en Europa. Allí ha colaborado regularmente con reconocidos ensambles y directores como Marc Minkowski, François Xavier Roth, Rinaldo Alessandrini, Gianluca Capuano y Andrés Gabetta. Actualmente, es miembro de varios conjuntos europeos de renombre, entre ellos: Les Musiciens du Louvre, Les Musiciens du Prince – Monaco, Gabetta Consort, Orchestre de l’Opéra Royal de Versailles, Les Siècles, Café Zimmermann, Concerto Köln, Modelo 62, entre otros. En los últimos años, ha comenzado a profundizar también en la dirección orquestal, formándose con Rodolfo Fischer en Suiza y, más recientemente, con Luis Gorelik, ampliando así su horizonte artístico con una mirada integral sobre la interpretación musical. Como director, se ha presentado al frente de la Orquesta de Cámara de Valdivia, la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina y la Orquesta Sinfónica Nacional de Bolivia. Actualmente mantiene una colaboración sostenida con la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina, con la que tiene conciertos programados para los próximos tres años, llevando adelante un trabajo de revisión y puesta en valor estilístico del repertorio del Clasicismo y comienzos del Romanticismo.

Sobre la obra: Sinfonía N.º 40 de Wolfgang Amadeus Mozart

Las tres últimas sinfonías de Mozart fueron escritas en el verano de 1788, con el compositor terminando la Sinfonía en sol menor el 25 de julio. Poco se sabe de la historia de la interpretación de estas tres sinfonías bajo su compositor. Indudablemente las escribió para una serie de conciertos por suscripción que planeó para ese verano, pero no hay indicios de que esas interpretaciones hayan tenido lugar.

La Sinfonía en sol menor, sin embargo, fue efectivamente interpretada dos veces en abril de 1791, cuando el director de orquesta fue Antonio Salieri, el compositor y músico de la corte más recordado hoy por la infundada afirmación de que envenenó a Mozart siete meses después. En otra ironía, esos conciertos fueron a beneficio de viudas y huérfanos, de los cuales el compositor pronto dejaría los suyos. Para estas interpretaciones, Mozart añadió un par de clarinetes a la orquestación, trabajándolos en sus partes de oboe existentes. En el siglo XIX la obra se conocía principalmente en su versión original, pero interpretarla con los clarinetes se convirtió gradualmente en una práctica habitual en el siglo XX. Los clarinetes parecen tan característicamente mozartianos, pero solo los usó en cuatro de sus sinfonías, y dos de ellas —incluyendo esta— como revisiones.

En cualquiera de las dos versiones, sin embargo, es una música urgente y apasionada. El principio —suave y murmurante acompañamiento esperando su melodía— se convirtió en un tropo de la era romántica, pero seguramente fue un shock para los contemporáneos de Mozart. Schumann encontró la obra “llena de gracia helénica”, pero también está llena de dislocaciones violentas, como el abrupto tambaleo en fa menor para la sección de desarrollo del movimiento de apertura, en el que la armonía se estira aún más a medida que Mozart se obsesiona con la cabeza del tema principal. Sorprendentemente, Mozart es capaz de aumentar la tensión a lo largo de todo, en una coda de sentimiento más profundo y oscuro.

El suspirante Andante parece un mundo más ligero y brillante, aunque solo sea a través de la clave mayor (Mi bemol) y un ritmo más sosegado. Pero Mozart lleva esta música a lugares extraños y cromáticamente inquietantes, y las palpitantes corcheas resultan tan insistentes como las energías más maníacas de la apertura.

El atrevido pavoneo del Minuet, en modo menor, proviene de su refuerzo canónico. La sección de Trío, en Sol mayor, es la única música de la Sinfonía que Mozart no cambió en su revisión, haciendo de los oboes un salto de color particularmente prominente. Otra forma de sonata de larga duración, el final busca responder a las preguntas que el primer movimiento había hecho, con una energía vehemente. Pero también entra en el desarrollo con trazos que rompen las expectativas y encuentra más terror allí. La confianza propulsiva se reafirma, por supuesto, y cierra la Sinfonía con gran brillantez, reenfocando en lugar de desterrar los peligros.

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