Su pasión por las puestas en escena, aderezadas con modales cuarteleros, despierta reacciones encontradas. La relación con Kicillof y el ataque en la General Paz.

Por Ricardo Ragendorfer

El asesinato en La Matanza del colectivero Daniel Barrientos tuvo violentas derivaciones: la represión de la Policía de la Ciudad a la protesta gremial –que incluía el corte de la avenida General Paz– y la brutal golpiza al ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, en manos de sujetos que estaban entre los trabajadores del transporte cuando intentaba negociar con ellos. Pues bien, su costumbre de acudir a los sitios de conflicto le jugó esta vez una mala pasada. 


Ya en junio de 2020 sorprendió al público al participar en un operativo callejero con un «sofisticado subfusil táctico», descrito así por la prensa. En realidad era una pistola convencional, pero enmascarada con un «kit Roni» de conversión; o sea, una carcasa que incluye culata, caño de arma larga y rieles para mira telescópica. Fue raro que ningún psicoanalista televisivo comparara tal adminículo con una prótesis peneana.


Desde entonces, según la catástrofe del día, suele aparecer disfrazado de bombero, de buzo, de rescatista o de karateka. Su gran pasión por las puestas en escena, siempre aderezadas con modales cuarteleros, provoca muestras de simpatía y rechazo por igual. 


En este punto conviene reparar en su figura. 

El señor de las hazañas

Muchos abonados al campo progresista se preguntan por qué enigmática razón Axel Kicillof eligió a alguien como él para gestionar el espacio más vidrioso de todo gobierno en esa provincia; una fatalidad atenazada por dos estigmas: los altos índices de violencia urbana y la naturaleza –en apariencia– irremediable de su fuerza policial. Tal interrogante remite a una vieja historia.


El 7 de diciembre de 2010, luego de que una jueza ordenara el desalojo de unas 350 familias que ocupaban pacíficamente un sector lindante al barrio Los Piletones, en el Parque Indoamericano, hubo un operativo conjunto de la Policía Federal y la Metropolitana –apoyadas por un ejército de barrabravas, matones sindicales y punteros oscilantes entre el duhaldismo y el PRO– que concluyó con dos muertos y decenas de heridos. 


Berni –hasta entonces un casi desconocido viceministro de Desarrollo Social– fue el interlocutor del Gobierno ante los pobladores, además de fijar un plan de pacificación a cargo de la Gendarmería. Su tarea, desarrollada durante tres días y sus noches contribuyó a desactivar lo que pudo ser un estallido en plena Ciudad de Buenos Aires. En esa trama hubo un mar de fondo. 
¿Qué fue lo que desató entre los uniformados esa furia homicida? ¿Por qué razón –y en contra de los protocolos vigentes por entonces– una tropa de 200 federales y 60 efectivos de la mazorca del alcalde Mauricio Macri acudió al desalojo con postas de plomo en sus escopetas Itaka? ¿Cuál motivo impulsó a las más altas autoridades de la Federal para que, por radio, impartieran desde la sala de situación del Departamento Central la orden de abrir el fuego? La hipótesis oficial apuntaba hacia un plan desestabilizador en marcha. De hecho, la respuesta del Poder Ejecutivo fue la urgentísima creación del Ministerio de Seguridad –con Nilda Garré a la cabeza–, seguida por un proceso de reformas profundas en las principales fuerzas federales de seguridad.


En marzo de 2012, Berni se sumó a la gestión de Nilda Garré como secretario de Seguridad. Fue entonces un factor de sosiego entre las autoridades civiles y el poder policial; un poder que en la región asumía un rol amenazante para ciertos gobiernos. La asonada en Ecuador que sacudió la presidencia de Rafael Correa, la violenta huelga de la policía boliviana que arrinconó a Evo Morales y, finalmente, el derrocamiento en Paraguay de Fernando Lugo mediante un golpe policíaco-parlamentario, dieron cuenta de ello.
Berni fue aquí una pieza clave en la neutralización de tal tendencia. 

Basta recordar, en abril de 2014, su llegada a Rosario, quizás inspirada en la caravana victoriosa del general Philippe Leclerc durante la liberación de París. Solo que, en el caso de Berni, el desembarco de las fuerzas federales en esa ciudad nació con el ilusorio afán de simbolizar la soberanía estatal sobre un territorio gobernado hasta entonces por el crimen organizado. A tal efecto fueron movilizados 3.000 efectivos en 800 vehículos, además de un avión y 50 perros antidroga. Aunque sus resultados fácticos al respecto resultaran magros (apenas 86 allanamientos con un saldo de 26 arrestos y el secuestro de cuatro kilos de cocaína), su regreso a Buenos Aires fue igual de aparatoso. Aún así, había dejado un notable precedente. 


Esa gestión ministerial de Berni concluyó el 9 de diciembre de 2015.  

Bandera falsa

Durante el gobierno macrista, Berni se sumió en un obstinado bajo perfil, solo roto por un episodio que sintetizó el peligroso jadeo de una época. 


Ocurrió el 1 de agosto de 2018 en el teatro ND Ateneo, al estrenarse la película El camino de Santiago (Maldonado), dirigida por Tristán Bauer, sobre el primer crimen político del Gobierno de la alianza Cambiemos. 


La provocación montada por elementos encapuchados de la AFI que, primero, pintaron en las paredes la “A” –de anarquismo–, incluyó una lluvia de cascotazos y corridas. Los policías apostados allí no movieron un dedo para sofocar la cuestión. Y en la retirada de los revoltosos, uno de los asistentes, nada menos que Berni, fue mordido en una mano; los falsos anarcos estaban armados hasta los dientes. 


Fue la oportunidad propicia para que el coronel-médico despuntara su hobby de justiciero. Aquello se tradujo en una desaforada carrera por la calle Rodríguez Peña hasta Paraguay, donde el agresor fue atrapado. Para evitar que lo lincharan, Berni lo dejo ir.


–Fue una operación de «bandera falsa» –soltó, como si fuera Marlowe.  


Después dijo que tal expresión reconoce su origen en una táctica de los piratas del siglo XVI que consistía en disfrazar sus barcos con banderas ajenas para así lograr que las víctimas no huyeran ni se prepararan para la batalla.  


Diecisiete meses después juró como ministro bonaerense.


Lo cierto es que su llegada a La Plata no fue traumática. Pero sabía que una fuerza policial que se autofinancia (a través de las cajas delictivas) es una fuerza que se autogobierna. También sabía que La Bonaerense es un Estado dentro del Estado. Y que tener bajo control a esa bestia de 90.000 cabezas sería una hazaña nunca vista o, en caso contrario, su peor pesadilla. 
Ya a tres años y casi cuatro meses de ello, se puede decir que su gestión trazó al respecto un milagroso equilibrio, y sin un aumento ostensible de los índices del delito en el vasto territorio provincial.

Pero, el 3 de abril, la realidad lo puso ante una encrucijada que él jamás imaginó para sí. ¿Acaso fue otra operación de «bandera falsa»? 

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