Un informe alertó que un peón ganadero puede comprar menos de la mitad de la carne que en 2015, un trabajador tambero un tercio menos de leche y uno avícola 30% menos de pollo.

El trabajador rural produce los alimentos que llegan a la mesa de los argentinos, pero cada vez le cuesta más comprarlos: un peón ganadero perdió más de la mitad de su capacidad de compra de carne respecto de 2015, un trabajador tambero puede adquirir un tercio menos de leche y un empleado avícola compra 30% menos de pollo. Entre quienes cosechan frutas la pérdida llega, en promedio, a la mitad de los kilos que podían comprar hace una década.
Los datos corresponden a un informe sectorial que dio cuenta de un fenómeno cada vez más extendido y que expone una de las caras menos visibles del modelo económico actual: una parte de los trabajadores que genera la riqueza agropecuaria tiene cada vez menos acceso a ella. De hecho, poco más del 60,0% de la población económicamente activa del agro trabaja en relación de dependencia y genera alrededor del 80,0% del valor agregado del sector, sin embargo, el deterioro de sus ingresos reduce su participación en los alimentos que producen y, al mismo tiempo, libera excedentes que se orientan a mercados externos.
El campo es más rico, los trabajadores más pobres
Los trabajadores y trabajadoras del campo que producen nuestros alimentos no pueden comprarlos. Así lo sostuvo un documento presentado por el Instituto de Estudios y Formación de la CTA (IEF) que aseguró que “fruto de sus bajos salarios, esos trabajadores están siendo cada vez más excluidos de los bienes alimenticios que ayudan a producir”.
El caso de la carne vacuna ilustra con claridad esa situación. Un peón ganadero hoy puede comprar con su salario menos de la mitad de la carne que podía comprar en 2015. La pérdida de poder de compra se da al mismo tiempo que el consumo de carne de los argentinos también se desplomó: de los 60,4 kilos anuales por habitante de 2015 se pasó a menos de 50 kilos. Es decir, tanto quien produce como quien consume quedó con menos acceso al alimento. Sin embargo, en paralelo, las exportaciones pasaron de 130.000 toneladas a arriba de 700.00 toneladas ene se lapso. El informe del IEF-CTA planteó así una relación directa entre el deterioro del consumo interno y la expansión de los saldos exportables: una parte de lo que los trabajadores dejaron de comprar terminó encontrando compradores fuera del país.
“A pesar de que trabajan lo mismo o más que antes, ahora le dan por eso menos de lo que ellos mismos producen. Esa diferencia que todos y todas pagamos en el mostrador, no va a parar a los productores directos de la carne, sino a los dueños”, analizaron los especialistas.
Una dinámica similar se observó en la cadena láctea. Un trabajador del sector que en 2015 podía comprar una determinada cantidad de leche con su salario hoy adquiere un tercio menos. La pérdida se profundiza cuando se mira la leche en polvo: puede comprar apenas la mitad de lo que podía hace una década. En otros derivados, el retroceso es todavía mayor: 45,0% menos manteca, 35,0% menos queso cremoso y 27,0% menos dulce de leche. El caso extremo es el yogur firme: el poder de compra del salario cayó 76,0%.
El informe de los especialistas Juan Manuel Villulla y Emanuel Fernández indicó que el consumo de leche por habitante cayó alrededor de un 30,0% respecto de 2015, mientras la producción total creció casi un 10,0%. Al mismo tiempo, las exportaciones pasaron evidenciaron un incremento del 28,0%. Mientras el mercado interno pierde capacidad para absorber la producción, una parte creciente encuentra destino en el exterior.
En este escenario, la carne y la leche no son excepciones. La misma distancia entre el salario y los alimentos producidos aparece en otras cadenas que forman parte de la mesa cotidiana. Incluso en aquellos productos que fueron ganando lugar como sustitutos de la carne vacuna: un trabajador avícola puede comprar hoy 30,0% menos pollo que en 2015 y 37,0% menos huevos.
La situación se repite entre quienes trabajan en la cosecha de frutas. Los salarios de los jornaleros agrícolas perdieron, en promedio, la mitad de su capacidad de compra de manzanas, naranjas y limones respecto de una década atrás. El caso del limón muestra además una particularidad, su cosecha aumentó 31,0% en el período, mientras los precios al consumidor subieron y los salarios quedaron rezagados. En las manzanas, en cambio, la caída de la superficie cosechada se combina con la competencia por el territorio de otras actividades productivas y desarrollos inmobiliarios.
El mapa se completa con las hortalizas. El salario de un trabajador agrícola perdió 50,0% de su poder de compra sobre la lechuga, 35,0% sobre la papa y 16,0% sobre la cebolla. El tomate aparece como una excepción: en el otoño-invierno de 2026 el poder de compra del salario sobre ese producto aumentó casi 40,0%. Más allá de esa variación, el patrón general vuelve a repetirse: los alimentos producidos por trabajadores rurales representan una proporción cada vez menor de aquello que sus propios salarios les permiten llevar a la mesa.
La paradoja del modelo
Cuando los ingresos de quienes producen y de quienes consumen alimentos se deterioran, también cambia el destino de esa producción. El informe del IEF-CTA planteó que el menor consumo interno liberó excedentes que pueden orientarse hacia las exportaciones, incluso en sectores donde la producción no aumentó.
La consecuencia es un campo cuya riqueza se distribuye de otra manera. Los trabajadores que generan buena parte del valor agregado agropecuario pueden comprar menos carne, leche, pollo, huevos, frutas y verduras mientras, en distintos rubros, las exportaciones y la facturación externa crecen. Según el informe, actualmente «el campo produce lo mismo o más que antes, pero con salarios más bajos, que representan una parte mucho menor del precio de venta de los alimentos. Mientras que el empobrecimiento de las y los trabajadores urbanos, que dejan de comprar esa producción aquí, libera excedentes exportables de materia prima”, señalaron.
En definitiva, la paradoja de la Argentina libertaria queda expuesta en una escena tan cotidiana como difícil de explicar: quienes trabajan para llenar las góndolas y las carnicerías del país tienen cada vez menos posibilidades para llenarlas en su mesa familiar. (El Destape)