El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) logró identificar a otra persona que estuvo secuestrada en el campo de concentración de La Perla durante los primeros meses de la última dictadura y que continuaba desaparecida desde hace 50 años. Con este nuevo caso –confirmado desde el juzgado federal de Hugo Vaca Narvaja–, ya son 30 las identificaciones que se consiguieron desde que se iniciaron los trabajos en la zona de la guarnición militar La Calera, Córdoba.

Según la información que brindó la justicia federal de Córdoba, los antropólogos lograron la identificación de los restos de Alejandro Ernesto Jesús Jerez Bodereau, que había sido secuestrado el 5 de mayo de 1976 del barrio Alberdi de Córdoba. En ese momento, tenía 22 años.

Al momento del secuestro, Jerez estudiaba Psicología en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), trabajaba en Ika-Renault y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Tenía, además, una pequeña hija de su primera pareja

La Perla funcionó como campo de concentración entre 1976 y 1978. Estaba ubicado a la vera de la ruta que une Córdoba Capital con Carlos Paz. Por ese lugar, se estima que pasaron entre 2200 y 2500 personas que permanecen desaparecidas.

En septiembre del año pasado, Vaca Narvaja, haciéndose eco del reclamo de los familiares que buscan a sus seres queridos, ordenó que el EAAF iniciara las tareas en lo que se conoce como Loma del Torito, es una zona aledaña al lugar donde funcionaba La Perla.

Los sobrevivientes contaron cómo funcionaban los “traslados”, que eran la antesala de la muerte: algunos secuestrados eran separados en lo que se conocía como La Cuadra y luego eran subidos a camiones. Los represores llamaban, con sorna, a esos vehículos los “Menéndez Benz” en alusión a Luciano Benjamín Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército –que tenía a su cargo la represión en diez provincias, incluida Córdoba.

La teoría de que los fusilamientos y enterramientos se producían en las inmediaciones del campo de concentración surgieron gracias a los cálculos de los sobrevivientes, que estimaban que los viajes no duraban más de media hora. José Julián Solanille, un trabajador rural, declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) lo que pudo observar: los camiones, explosiones, fosas, aparición de restos.

A partir del Juicio a las Juntas, aparecieron declaraciones de militares que daban cuenta de que los cuerpos podrían haber sido removidos por maquinaria pesada antes de la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que visitó el país en septiembre de 1979 para documentar las denuncias que se acumulaban por secuestros y desapariciones.

En 2004, Horacio Verbitsky confirmó en Página/12 estas versiones a partir de un descargo administrativo que había hecho Guillermo Bruno Laborda, a quien lo privaron de un ascenso pese a sus ingentes esfuerzos por congraciarse con sus superiores del Ejército.

A partir de los hallazgos que hizo el EAAF desde septiembre del año pasado, se comprobaría la hipótesis de que los cuerpos fueron removidos y destrozados con maquinarias provistas por las propias Fuerzas Armadas. A la crueldad del secuestro, la tortura, el fusilamiento y los enterramientos clandestinos, se sumó una violencia posterior para re-desaparecer a los desaparecidos.

Los análisis de ADN que se hicieron en el Laboratorio de Genética Forense sobre el primer conjunto de restos óseos recuperados –es decir, sobre los que fueron encontrados el año pasado– permitieron obtener el perfil genético de 35 personas. Hasta ahora, son 30 las identificaciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *