No se trata solamente de comer menos carne. Se trata de todo lo que ocurre cuando una familia empieza a mirar la parrilla, hacer cuentas y decidir que esta vez habrá que reemplazar el asado por otra cosa. Porque en la Argentina el asado nunca fue solamente comida. Fue encuentro, esfuerzo, celebración y una manera de sentirse parte.

Por Roberto García
Hay cosas que los economistas pueden medir en kilos, porcentajes y precios. Y hay otras que necesitan algo más que una planilla de Excel para ser comprendidas y el asado argentino pertenece a esa segunda categoría.
Porque un asado no empieza cuando la carne llega a la parrilla. Empieza mucho antes. Empieza cuando alguien cobra el sueldo y piensa que el domingo puede darse un gusto. Cuando un padre o una madre decide invitar a la familia. Cuando un grupo de amigos dice “el domingo hacemos un asado”. Cuando alguien pasa por la carnicería, elige los cortes, compra el carbón, prepara la ensalada y empieza a imaginar una mesa alrededor de la cual se van a sentar personas que durante toda la semana estuvieron corriendo detrás del trabajo, las obligaciones y las cuentas.
El asado es, en definitiva, una recompensa.
Es el reconocimiento íntimo de haber llegado al final de otra semana. Es la excusa para juntarse con los hijos, los padres, los hermanos, los amigos. Es el abuelo que cuenta una historia mientras se prende el fuego. Es el vecino que aparece con una botella. Es el cumpleaños improvisado. Es la reunión familiar. Es el “venite a comer” que muchas veces vale mucho más que la comida.
Y esto no es una interpretación romántica de la cultura argentina. El propio Estado argentino reconoce al asado como parte del patrimonio cultural alimentario y gastronómico nacional y especialistas en antropología de la alimentación explican que comer no es solamente un acto destinado a nutrirnos, sino también una forma de expresar identidad, relaciones sociales, hospitalidad y solidaridad. Por eso hay un dato económico que debería mirarse también con otros ojos.
Según información reciente basada en datos de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados, el consumo de carne vacuna cayó alrededor de 9,5% interanual y se ubicó en torno de los 46 kilos por habitante.
Quizás el dato más simbólico llegó apenas unos días después. Por primera vez, el consumo de pollo habría superado al de carne vacuna en la Argentina. El cálculo citado por IERAL ubica el consumo aviar en 47 kilos por habitante frente a 46,7 kilos de carne bovina. La diferencia de precios explica buena parte de esa sustitución: con el dinero necesario para comprar un kilo de carne vacuna se pueden adquirir varios kilos de pollo.
En el barrio no se vota a quien te escupe el asado
No hay nada malo en comer pollo, el problema político aparece cuando una familia no elige cambiar la carne por pollo porque quiere hacerlo, sino porque el bolsillo le está diciendo que ya no puede hacer el asado que hacía antes. Ahí aparece algo que las estadísticas de consumo no siempre consiguen mostrar. Porque una cosa es que cambie el menú de una familia y otra muy distinta es que empiece a desaparecer una costumbre.
El Gobierno de Javier Milei puede argumentar que los precios relativos deben acomodarse, que el mercado debe funcionar, que la carne tiene un valor internacional o que las exportaciones generan divisas. Son argumentos económicos que forman parte del debate y que pueden ser discutidos desde distintas posiciones. Pero existe otra dimensión que también debería formar parte de esa discusión.
¿Qué sucede cuando el país que históricamente hizo del asado una de sus principales formas de encuentro empieza a convertirlo en un lujo?
¿Qué pasa cuando el trabajador que durante décadas asoció el domingo con una parrilla encendida tiene que elegir entre comprar carne o utilizar ese dinero para pagar otra cuenta?
¿Qué pasa cuando el “hacemos un asado” empieza a transformarse en “mejor hacemos unas hamburguesas” o “compramos pollo porque alcanza para todos”?
No es solamente carne
Hablamos del significado de poder darse un gusto. Es la posibilidad de compartir. Es también una pequeña sensación de bienestar después de una semana de trabajo. Y justamente allí aparece una de las mayores contradicciones que enfrenta el discurso oficial.
Un Gobierno que hizo de la idea del esfuerzo individual uno de los ejes centrales de su discurso necesita convivir con una realidad cotidiana en la que para muchos argentinos trabajar toda la semana ya no garantiza poder darse algunos de los gustos que durante generaciones fueron considerados normales.
El asado es quizás el ejemplo más gráfico porque tiene una enorme carga cultural. No es casual que el propio sitio oficial de turismo argentino lo defina como “más que una comida” y lo vincule con los encuentros familiares y de amigos
¿Hasta dónde puede llegar un programa económico antes de comenzar a afectar aquellas pequeñas cosas que las familias sienten como propias?
Una sociedad puede tolerar estadísticas difíciles durante determinado tiempo. Puede escuchar hablar de déficit, superávit, reservas, riesgo país o equilibrio fiscal. Pero también evalúa un gobierno desde experiencias mucho más sencillas.
Desde lo que puede comprar en el supermercado. Desde si puede salir a comer. Desde si puede llevar a sus hijos de vacaciones. Desde si puede comprar zapatillas.
Y también desde algo tan argentino como si puede prender la parrilla un domingo e invitar a la familia. Ahí es donde la economía se convierte en política. Porque cuando el ajuste llega al plato, deja de ser una discusión abstracta. Y cuando llega a la mesa familiar, empieza a tener rostro.
Tampoco alcanza con decir que “los argentinos comen menos carne”
Milei llegó al poder prometiendo una transformación profunda de la economía argentina. Sus políticas produjeron cambios en precios relativos, consumo, comercio y comportamiento de los hogares, mientras distintos indicadores muestran modificaciones en los patrones de consumo de carnes. En 2025, por ejemplo, los datos oficiales habían registrado una recuperación del consumo total de carnes, impulsada especialmente por pollo y cerdo; durante 2026, en cambio, el consumo de carne vacuna volvió a mostrar una contracción significativa.
Hay que preguntarse qué significa para un argentino dejar de comer el asado que antes podía comer. Quizás ahí esté una de las claves políticas que las grandes planillas económicas todavía no terminan de explicar.
El Gobierno puede bajar determinados indicadores y mostrar otros números positivos. Puede defender sus resultados y atribuir las dificultades a la herencia recibida, al contexto internacional o a cambios necesarios en la estructura económica.
Hay algo que no se puede medir solamente con porcentajes.
El momento en que alguien deja de invitar a sus amigos porque no le alcanza. El momento en que una familia reemplaza el asado del domingo porque la carne quedó demasiado lejos del presupuesto. El momento en que el trabajador mira el precio del kilo y piensa que después de una semana de esfuerzo ni siquiera puede darse ese gusto.
Ese momento tiene un significado político
El problema más profundo para un Gobierno no sea solamente que la gente consuma menos. Quizás sea que empiece a sentir que trabaja, se esfuerza y ajusta, pero que aquellas pequeñas cosas que alguna vez sintió que podía disfrutar se vuelven cada vez más inaccesibles. Y si hay algo que la Argentina convirtió en símbolo de reunión, esfuerzo y celebración es justamente una parrilla encendida.
Por eso la discusión que atraviesa el debate político actual también está relacionado con el poder consumir asado y lo que sucede cuando en la Argentina, es esfuerzo diario ya no alcanza ni siquiera para lograr cumplir con ese ritual.
Cuando desaparece el asado de la mesa, no desaparece solamente un corte de carne, también empieza a desaparecer una parte de la vida cotidiana que durante generaciones estuvo asociada con la idea de que, después de trabajar toda la semana, había derecho a sentarse con los nuestros, prender el fuego y disfrutar. Y eso, tarde o temprano, también se convierte en política.
(Obra que acompaña la editorial: El almuerzo, también conocido como Tres hombres a la mesa, del artista costumbrista Vázquez )