Una circular del CGE encendió la polémica en Entre Ríos y volvió a abrir un debate mucho más profundo: ¿hasta dónde puede avanzar un Estado que, en nombre de lo “saludable”, termina desconectándose de la cultura, las costumbres y la identidad de su pueblo?

Por Redacción Pcv
En una provincia atravesada históricamente por las tradiciones populares, el mate compartido y las tortas fritas en fechas patrias, la decisión del gobierno de Rogelio Frigerio de comunicar, a través del Consejo General de Educación, restricciones y desaliento hacia este tipo de comidas en las escuelas, no pasó desapercibida.
La medida fue presentada bajo el argumento de recomendaciones nutricionales y la necesidad de promover hábitos más saludables y económicos para los niños. Sin embargo, el rechazo social no tardó en aparecer. Porque detrás de una simple torta frita, en realidad hay memoria, tradición, pertenencia y cultura popular.
La peligrosa obsesión de uniformar todo
La discusión excede largamente el plano alimenticio. Nadie puede estar en contra de mejorar la calidad nutricional de los chicos. El problema aparece cuando, bajo discursos técnicos y burocráticos, se avanza sobre prácticas culturales que forman parte de la identidad de un pueblo.
Las tortas fritas no son comida chatarra importada de laboratorios multinacionales ni productos ultraprocesados diseñados por corporaciones. Son parte de la cocina criolla, del encuentro familiar, de los actos escolares, de los días de lluvia y de las fechas patrias. Son tradición argentina y entrerriana.
Y allí es donde muchos empiezan a preguntarse si no estamos frente a otro capítulo de una agenda global que lentamente busca homogeneizar sociedades, borrar costumbres locales y transformar identidades nacionales en simples piezas de consumo globalizado.
Porque mientras se combate una torta frita hecha en una escuela rural, nadie parece alarmarse por el avance constante de productos industriales, plataformas culturales extranjeras y modelos sociales importados que moldean hábitos, consumos y pensamientos desde edades cada vez más tempranas.
Gobernar una provincia también es conocerla
La polémica también dejó expuesto un problema político de fondo: la desconexión entre quienes gobiernan y la realidad cultural de la provincia que administran.
En Entre Ríos, las escuelas no son únicamente espacios educativos. Son también centros comunitarios donde sobreviven tradiciones, valores y expresiones populares que pasan de generación en generación. Pretender eliminar o desincentivar símbolos cotidianos de esa identidad demuestra, cuanto menos, una mirada excesivamente tecnocrática y alejada de la sensibilidad social entrerriana.
Muchos docentes y familias interpretaron la circular como otro ejemplo de decisiones tomadas desde escritorios donde las estadísticas pesan más que la cultura viva de los pueblos.

Patriotismo de ocasión .
Resulta paradójico que mientras se multiplican discursos sobre la defensa de la patria y los valores nacionales, se avance constantemente sobre costumbres populares profundamente argentinas.
Parece que el patriotismo queda reducido a colgar una bandera durante un Mundial, cantar un gol de la Selección o comprar camisetas celestes y blancas cada cuatro años, mientras lentamente se vacían de contenido nuestras propias tradiciones cotidianas.
La identidad de un país no se sostiene únicamente en los símbolos oficiales. También vive en sus comidas típicas, en sus celebraciones populares, en las recetas transmitidas por abuelas y madres, en las escuelas rurales, en los mates compartidos y en las costumbres sencillas que construyen comunidad.
Que vivan las tortas fritas… y la patria
Tal vez la reacción social que generó esta medida tenga una explicación simple y esté mucho más relacionada con la percepción rápida que suelen tener los pueblos cuándo se intenta avanzar sobre aquello que sienten propio.
Y por más circulares, recomendaciones o discursos modernos que aparezcan, será difícil convencer a un entrerriano de que una torta frita compartida un 25 de Mayo representa un problema más grave que la pérdida constante de soberanía cultural, económica y política que vive la Argentina desde hace años.
Por eso, este 25 de Mayo, seguramente miles de familias volverán a reunirse alrededor del mate y las tortas fritas. No sólo como una costumbre gastronómica, sino también como una forma silenciosa de defender aquello que todavía nos pertenece.
Porque las tradiciones no se cancelan desde una oficina burocrática. Y porque, pese a todo, todavía hay un pueblo dispuesto a gritar: ¡Viva la Patria!