Entre Ríos ocupa un lugar incómodo en la lógica del poder central. No es centro ni periferia extrema, pero padece como pocas provincias las consecuencias de un federalismo más discursivo que real. Desde Buenos Aires se decide; en el territorio entrerriano se ajusta, se espera y se reacomoda.

Por Roberto García

Mirada desde Buenos Aires, Entre Ríos suele aparecer como una provincia ordenada, previsible, casi silenciosa. Pero esa imagen prolija no refleja la complejidad real del territorio. Desde las economías regionales hasta los servicios públicos, pasando por la infraestructura y el empleo, la provincia vive tensiones que rara vez entran en la agenda nacional.

El problema no es solo económico. Es político. Las decisiones que impactan en Entre Ríos se toman lejos, bajo lógicas que no siempre contemplan la estructura productiva provincial, su dependencia de rutas, puertos, energía y un Estado presente para sostener el entramado social. Cuando esas variables se ignoran, el costo no es abstracto: se mide en actividad que cae, en obras que se frenan y en municipios que hacen malabares para sostener lo básico.

Entre Ríos es una provincia atravesada por contrastes. Conviven ciudades con cierto dinamismo con localidades que dependen casi exclusivamente del empleo público y la obra estatal. Conviven producción agropecuaria, industria alimentaria, turismo y comercio, todos sectores altamente sensibles a las decisiones macroeconómicas. Sin embargo, esa diversidad rara vez es escuchada cuando se definen políticas desde el centro.

El federalismo fiscal es uno de los puntos donde la distancia se vuelve más evidente. La provincia recauda, aporta y espera. Espera transferencias, programas, autorizaciones. La autonomía formal choca con una dependencia real que limita márgenes de decisión. Y cuando el ajuste se impone desde arriba, el impacto se distribuye de manera desigual, golpeando con más fuerza a los territorios con menos espalda.

Los municipios entrerrianos son, otra vez, la primera línea. Intendencias que deben responder a demandas crecientes con recursos menguantes. Concejos Deliberantes que discuten presupuestos condicionados y prórrogas que no explican el fondo del problema. La política local queda atrapada entre la responsabilidad de dar respuestas y la imposibilidad de incidir en las decisiones estructurales.

También hay silencios que pesan. Entre Ríos no siempre logra hacer oír su voz en el debate nacional. A veces por estrategia, otras por cautela, otras por simple resignación. Pero el federalismo no se ejerce en silencio. Se ejerce marcando posición, defendiendo intereses y construyendo una agenda propia.

La provincia no necesita privilegios. Necesita reglas claras, diálogo real y decisiones que contemplen su estructura productiva y social. Necesita que el federalismo deje de ser una postal constitucional y se convierta en una práctica cotidiana.

Porque cuando el país se piensa solo desde la Plaza de Mayo o desde los pasillos del Congreso, provincias como Entre Ríos quedan reducidas a variables de ajuste. Y cuando eso ocurre, lo que se resiente no es solo la economía provincial: se debilita la idea misma de un proyecto nacional compartido.

(La imagen elegida para esta entrega: “Los embajadores” – Hans Holbein el Joven -1533. A primera vista es orden, equilibrio y solemnidad -el discurso-. Pero incluye una anamorfosis -la calavera- que solo se ve desde cierto ángulo: la verdad oculta. El federalismo declamado se ve impecable… hasta que se lo observa desde el interior del país)

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