En la cena de la Fundación Libertad, el Presidente defendió su programa económico, aseguró que no tomó deuda y se ubicó como víctima del ajuste. Sin embargo, las decisiones de su propia gestión y los datos de la realidad económica tensionan cada uno de esos planteos.

Un discurso que busca blindar el modelo

El presidente Javier Milei volvió a mostrarse en un ámbito afín como la Fundación Libertad, donde desplegó un discurso cargado de definiciones ideológicas y afirmaciones contundentes. Allí sostuvo que su gobierno no tomó deuda, al considerar esa práctica como “inmoral”.

La frase, lejos de cerrar el debate, lo reabre. No solo por el historial reciente de la economía argentina, sino por las propias decisiones adoptadas desde diciembre, que incluyen mecanismos de financiamiento que, aunque se intenten presentar bajo otros formatos, implican compromisos a futuro.

«Lo peor ya pasó”: entre la consigna y la evidencia

Milei insistió en que el rumbo económico es el correcto y que los resultados comienzan a verse: “Lo peor ya pasó”, afirmó, atribuyendo las dificultades a un supuesto “ataque violento de la política”.

Sin embargo, los indicadores sociales cuentan otra historia. La caída del poder adquisitivo, la contracción del consumo y el deterioro en las condiciones de vida de amplios sectores contrastan con la épica oficial. La afirmación de que se trata del “mejor gobierno de la historia” aparece, en este contexto, más como una construcción discursiva que como una conclusión respaldada por la realidad.

El ajuste y la narrativa de la víctima

En uno de los pasajes más llamativos de su exposición, el Presidente aseguró que él mismo fue quien más perdió con el ajuste, al no incrementarse el salario: “Soy el presidente que menos gana en América”, sostuvo.

La frase intenta instalar una identificación con el esfuerzo, pero omite el impacto concreto del ajuste sobre jubilados, trabajadores estatales, universidades y provincias. En ese sentido, la discusión sobre quién paga realmente el costo del programa económico sigue abierta y lejos de resolverse en términos favorables para el oficialismo.

El rol de Luis Caputo y la deuda que no se nombra

Uno de los puntos más sensibles del discurso presidencial es la negación del endeudamiento. Bajo la gestión del ministro de Economía, el gobierno ha recurrido a instrumentos financieros que, en los hechos, consolidan nuevas obligaciones para el Estado.

El propio esquema presupuestario reconoce la necesidad de sostener financiamiento para garantizar la continuidad del modelo. En ese marco, la idea de una economía “sin deuda” se vuelve, cuanto menos, discutible.

Más aún cuando el pasado reciente del propio Caputo -arcado por su rol en el endeudamiento durante la gestión de Mauricio Macri- vuelve a poner en cuestión la credibilidad del planteo oficial.

Entre la épica libertaria y sus contradicciones

El paso de Milei por la Fundación Libertad dejó una postal clara: un gobierno decidido a sostener su relato incluso frente a evidencias que lo tensionan. La apelación a la “inmoralidad” como eje discursivo choca con decisiones que, lejos de romper con viejas prácticas, parecen reconfigurarlas bajo nuevas formas.

En ese juego de espejos entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre, se empieza a delinear un problema más profundo que no tiene que ver solo con la consistencia del modelo económico, sino la credibilidad política de un gobierno que hizo de la ruptura con el pasado su principal bandera, pero que enfrenta crecientes dificultades para demostrar que realmente lo dejó atrás.

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