Las imágenes que la muestran enfrentándose a la policía, desafiando cañones de agua o levantando el dedo medio fueron creadas con inteligencia artificial. Algunas, incluso, reutilizan fotografías de protestas ocurridas años atrás en otros países.

Lo interesante, desde el psicoanálisis, es que una mentira no necesita ser verdadera para resultar psíquicamente convincente. A veces basta con que represente aquello que deseamos creer. Freud estudió cómo las masas pueden organizarse alrededor de identificaciones compartidas; hoy, una imagen divertida y provocadora puede convertirse en el emblema perfecto de una indignación colectiva.

La Pantera Rosa no solo hace reír: encarna la fantasía de desafiar al poder sin pagar el precio de hacerlo. Y las redes hacen el resto: compartimos aquello que satisface nuestros deseos, confirma nuestras ideas o nos permite sentir que pertenecemos a un grupo.

Lacan nos ayuda a ir un paso más allá: no vemos la realidad sin mediaciones; la interpretamos desde el lenguaje, las identificaciones y nuestros propios fantasmas. Pero que una imagen encaje perfectamente con nuestro deseo no la convierte en un hecho.

La pregunta incómoda es esta: ¿compartimos la Pantera Rosa porque verificamos lo ocurrido o porque nos encanta la historia que cuenta?

La crítica no consiste en defender a la policía ni en descalificar las protestas. Consiste en advertir que, cuando la ficción se mezcla con acontecimientos reales, la indignación puede convertirse en mercancía y la verdad quedar relegada a un segundo plano.

En tiempos de inteligencia artificial, hasta la Pantera Rosa puede convertirse en militante. Lo preocupante no es que el personaje salga a protestar, sino que nosotros dejemos de preguntarnos si la fotografía es verdadera.

Porque el problema no es solamente quién fabrica la mentira, sino qué deseo nuestro consigue que la compartamos sin cuestionarla.

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